Iniciación en la oración: El camino de la oración en los niños

Esta columna mensual, que empezamos, pretende ayudarnos en la hermosa tarea de despertar a nuestros hijos en la aventura de la fe. Entre los temas que trataremos dentro del despertar religioso de los niños, la iniciación en la oración ocupará un lugar central. A lo largo de una serie de entregas, encontraremos reflexiones y recomendaciones —sencillas y prácticas— para despertar el sentido de la oración en nuestros niños. Más adelante, veremos otras cuestiones vinculadas a la educación de la fe de los pequeños.

Cuando años atrás empecé a trabajar en la Catequesis de Niños, una de las primeras preocupaciones o dificultades con las que me encontré fue la falta de sistematización de las experiencias en torno a la oración con niños pequeños. Básicamente, me preocupaba cómo hacer que los niños pudieran acercarse más y mejor a la oración. Muchas mamás y papás, familiares, docentes y catequistas me preguntaban cómo iniciar a los niños en la oración. Al poco tiempo de estar en contacto con los más pequeños, me di cuenta de que la cuestión no era tan difícil como aparentaba.

Poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que los niños tienen un gran potencial para vivir auténticas experiencias de oración, muchas de ellas más espontáneas y sentidas que las de los adultos. Los niños llevan en sí mismos una gran capacidad de contemplación y de admiración por lo absoluto; de oración y de comunicación con Dios. Lo que más me ayudó fue rezar y aprender a rezar junto a los chicos. Ellos se convirtieron en auténticos “maestros de oración”; quizás, por aquello de que: ...si no os hacéis como niños, no entrareis en el Reino de los Cielos... (Mt 19,13-15)

La oración es, quizás, la máxima expresión del amor entre la creatura y su Creador. El Bautismo establece una relación de amor entre Dios y el niño, creando en él el poder y la necesidad de responder a ese amor. Favorecer el crecimiento espiritual del niño significa, pues ayudarlo a entrar libremente en la reciprocidad de esta relación de amor.

El niño debe hacer de la oración con su Padre Dios un estilo de vida. Cualquier momento, cualquier acto, cualquier ocasión; todo, puede ser motivo de alabanza, de acción de gracias, de petición, de oración. Desde pequeño, el niño debe internalizar la presencia de Dios como algo definitivo en su vida. La oración es uno de los mejores momentos que el ser humano posee para vivir espontáneamente su relación con Dios.

No se trata de llenar la cabeza de los chicos de ideas sobre Dios sino, sobre todo, de enseñarles a vivir constantemente en la presencia de Dios, a vivir con Dios. Considero que podremos sentirnos ampliamente satisfechos en nuestra tarea, si logramos provocar en los niños el gusto por la oración, el deseo de dialogar permanentemente con Dios.


La iniciación en la oración no consiste tanto

en hablar DE Dios, sino en hablar CON Dios.


Para la iniciación a la oración no hay fórmulas escritas o preestablecidas. A rezar se aprende rezando. Es bien evidente que, nuestra irradiación personal será para los niños la mejor iniciación en la oración. El gusto por la oración se contagia, se transmite orando y mostrando a los demás lo feliz que hace vivir en la presencia de Dios. Por eso, la oración es como un “recuerdo de Dios”, un frecuente despertar la “memoria del corazón”.

El niño debe vivenciar a un Dios cercano, que lo cuida, lo ama y lo protege siempre. La certeza de saber que Dios está siempre con nosotros, aun en los momentos difíciles, es una de las certezas que más necesitaremos en nuestro caminar por este mundo y que deberá acompañarnos de por vida.

Claro está que la oración también es un don, es un regalo de Dios. Y como todo don, no se merece; no se logra por el mero esfuerzo o sacrificio personal. Dios regala a cada uno el don de la oración según le place. Es a Él a quien debemos pedirle que nos enseñe a orar, que abra los corazones de nuestros hijos a la oración. Jesús mismo nos prometió la asistencia del Espíritu Santo, quien iluminará nuestros corazones para poder llamar a Dios “Abbá”, es decir, “papito” (Mc 14,36).


Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada

lanzada hacia el cielo, un grito de agradecimiento y de amor tanto

desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría...


Santa Teresita del Niño Jesús


 

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