Catequesis sobre la familia: El pecado, ruptura con Dios, ruptura y oposición entre hombre y mujer

Catequesis sobre la familia: Introducción e índice general

Cometiendo el pecado el hombre rechaza este don y a la vez quiere llegar a ser «como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3, 5) decidiendo lo que es bien y lo que es mal independientemente de Dios, su Creador.

El pecado de los orígenes tiene su medida humana, su metro interior en la libre voluntad del hombre y conlleva en sí una cierta característica «diabólica», como releva claramente el libro del Génesis (Gn 3, 1-5). El pecado actúa la ruptura de la unidad originaria de la que el hombre gozaba en el estado de justicia original: la unión con Dios como fuente de la unidad dentro del propio «yo», en la mutua relación del hombre y de la mujer (comunión de personas) y, finalmente, respecto al mundo exterior, a la naturaleza [14].


Las consecuencias del pecado: «él te dominará». El dominio sustituye el vivir «para» el otro

La descripción bíblica del Libro del Génesis delinca la verdad acerca de las consecuencias del pecado del hombre e indica igualmente la alteración de aquella originaria relación entre el hombre y la mujer, que corresponde a la dignidad personal de cada uno de ellos.

Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gn 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación a esta «unidad de los dos», que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. Pero esta amenaza es más grave para la mujer.

En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, el dominio sustituye el vivir «para» el otro: «él te dominará».

La unión matrimonial exige el respeto y el perfeccionamiento de la verdadera subjetividad personal de ambos.

La mujer no puede convertirse en «objeto» de «dominio» y de «posesión» masculina. Las palabras del texto bíblico se refieren directamente al pecado original y a sus consecuencias permanentes en el hombre y en la mujer.

Ellos, cargados con la pecaminosidad hereditaria, llevan consigo el constante «aguijón del pecado», es decir, la tendencia a quebrantar aquel orden moral que corresponde a la misma naturaleza racional y a la dignidad del hombre como persona. Esta tendencia se expresa en la triple concupiscencia que el texto apostólico precisa como concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida (Cf. In 2, 16), (Mulieris Dignitatem, 10).

Es muy importante tener siempre presente esta luz que nos viene de la revelación, para saber «discernir» la verdadera causa de los conflictos de la vida conyugal y familiar [15].

Todos los conflictos, en efecto, pueden nacer entre marido y mujer, como por ejemplo, la rivalidad; y se pueden manifestar de muchas formas también en la relación conyugal, como asimismo los conflictos de los padres con los hijos, de los hijos con los padres y sus hermanos, o con los suegros, los yernos, las nueras: tienen su origen en el pecado que habita en nosotros [16].

Aunque el pecado original haya sido perdonado por el Bautismo, queda siempre la tendencia al pecado [17] explicitada en los siete vicios capitales. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, el no tener presente la realidad del pecado original es causa de valoraciones erróneas en el campo familiar y social, algo que conlleva graves consecuencias [18].

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Notas

[14] Estas palabras encuentran su confirmación de generación en generación. Ellas no significan que la imagen y la semejanza de Dios en el ser humano sea mujer que varón, haya sido destruida por el pecado; significan, más bien, que ha sido «ofuscada» y, de alguna manera, «disminuida» (cf. Libertatis Conscientiae).

[15] «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre, Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas; fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre» (Mc 7, 20-23).

[16] «Habiéndose convertido en el centro de sí mismo, el hombre pecador tiende a autoafirmarse y a satisfacer su anhelo del infinito, sirviéndose de las cosas: riquezas, poderes y placeres, sin preocuparse de los otros hombres a los que injustamente expolia y trata como si fueran objetos o instrumentos. Así, por su parte, contribuye a crear aquellas estructuras de explotación y de esclavitud, a las que, además, pretende denunciar» (Libertatis Conscientiae, n 42).

[17] «En el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado... así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o 'fomes peccatí'» CEC, 1264.

[18] «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» CEC, 407.

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