Catequesis sobre la familia: Contraposición entre hombre y mujer

Catequesis sobre la familia: Introducción e índice general

En Jesucristo la contraposición entre hombre y mujer es esencialmente superada

En el comienzo de la Nueva Alianza, que debe ser eterna e irrevocable, está la mujer: la Virgen de Nazaret, Se trata de una señal indicativa que «en Jesucristo no hay ni hombre ni mujer» (Gal 3, 28). En él la mutua contraposición entre hombre y mujer —como legado del pecado original— es esencialmente superada. «Vosotros sois uno en Cristo Jesús», escribe el apóstol (Gal 3, 28).

Las palabras paulinas comprueban que el misterio de la redención del hombre en Jesucristo, hijo de María, retoma y renueva lo que en el misterio de la creación correspondía al eterno designio de Dios Creador.

La redención restituye, de algún modo, a su misma raíz el bien que fue esencialmente «disminuido» por el pecado y por su legado en la historia del hombre [19].

Los sacramentos injertan la santidad: penetran el alma y el cuerpo, la feminidad y la masculinidad del sujeto personal.

«Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido» (Ef. 5, 32-33).

Los sacramentos injertan la santidad en el terreno de la humanidad del hombre: penetran el alma y el cuerpo, la feminidad y la masculinidad del sujeto personal, con la fuerza de la santidad. La liturgia, la lengua litúrgica, eleva el pacto conyugal del hombre y de la mujer, basado en el «lenguaje del cuerpo» releído a partir de la verdad [20].


El sacramento presupone la «teología del cuerpo», es un «signo visible» de una realidad invisible

El Sacramento o la sacramentalidad —en el sentido más general de este término— se encuentra con el cuerpo y presupone la «teología del cuerpo».

El sacramento, en efecto, según el significado generalmente conocido, es un «signo visible».

El «cuerpo» significa también lo que es visible, significa la «visibilidad» del mundo y del hombre. De alguna manera, pues, aunque en sentido más general, el cuerpo entra en la definición del sacramento, siendo el mismo «signo visible de una realidad invisible», es decir. de la realidad espiritual, trascendente, divina.

En esté signo —y mediante este signo— Dios se dona al hombre en su trascendente verdad y en su amor. El sacramento es signo de la gracia y es un signo eficaz (Juan Pablo II, miércoles 28 de julio dé 1982).

Subrayo esta afirmación repetida más veces por el Papa, corno también invito a los esposos a recuperar la dimensión divina del acto conyugal.

En efecto, dice el Papa Juan Pablo II: en este signo (el acto conyugal) —y mediante este signo— Dios se dona al hombre en su trascendente verdad y en su amor. Por eso invita a los esposos a librarse de los elementos maniqueos, que han distorsionado la visión de la sexualidad, presentándola como algo que está sucio, algo negativo, como un mal necesario, creando traumas de varia índole (cerrazón al acto, sentimiento de culpabilidad, de pecado tolerado, etc.) e impidiendo una visión positiva de la unión conyugal como vehículo de transmisión de la gracia divina a los esposos.

«Es necesario reconocer la lógica de estupendo texto, que libera radicalmente nuestro modo de pensar de los elementos del maniqueísmo o de una consideración no personalista del cuerpo y al mismo tiempo acerca el «lenguaje del cuerpo», encerrado en el signo sacramental del matrimonio, a la dimensión de la santidad real».

Explicando la analogía del amor de Cristo por la Iglesia con la unión sacramental del hombre con la mujer, Juan Pablo II enseña:


Cristo verdadero hombre, varón, es el esposo: paradigma del amor de los hombres-varones

«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amo a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra. y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha y arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo...».

Cristo es el esposo. En esto se expresa la verdad sobre el amor de Dios que «nos amó primero» (l Jn 4, 19) y que con el don generado por este amor esponsal hacía el hombre ha superado todas las expectativas humanas... «Amó hasta el final» (Jn 13, 1).

El esposo —el Hijo consustancial al Padre en cuanto Dios— se ha convertido en hijo de María, «hijo del hombre», verdadero hombre, varón. El símbolo del esposo es de género masculino.

En este símbolo masculino está representado el carácter humano del amor con el que Dios ha expresado su amor divino para Israel, para la Iglesia, para todos los hombres.

Precisamente porque el amor divino de Cristo es amor de esposo, este es el paradigma y el prototipo de todo amor humano, en particular del amor de los hombres-varones.


Cada persona presenta en sí misma unas características masculinas y femeninas

Esta analogía entre Cristo esposo y el hombre, subraya el Juan Pablo II, no contradice el hecho de que cada persona presente en sí misma unas características masculinas y femeninas. En efecto, en cuanto miembros del Cuerpo de Cristo, entre los cuales destaca por encima de todos la Virgen María, la mujer, todos, también los varones, están llamados a tener una actitud de receptividad y de respuesta generosa al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, por otro lado, todos, también las mujeres, están llamadas al don de sí mismas a Dios y a los demás.

En el ámbito del «grande misterio» de Cristo y de la Iglesia, todos están llamados a responder —como una esposa— con el don de su vida al don inefable del amor de Cristo, que solo, como redentor del Mundo, es el esposo de la Iglesia. En el «sacerdocio real», que es universal, se expresa al mismo tiempo el don de la esposa.


La mujer es la esposa: es ella la que recibe el amor, para poder amar a su vez

En el fundamento del designio eterno de Dios, la mujer es aquella en la que el orden del amor en el mundo creado de las personas encuentra un terreno para su primera raíz.

El orden del amor pertenece a la vida íntima de Dios mismo, a la vida trinitaria. En la vida íntima de Dios, el Espíritu Santo es la personal hipóstasis del amor. Mediante el Espíritu, don increado, en amor se convierte en un don para las personas creadas. El amor, que viene de Dios, se comunica a las criaturas: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

La llamada a la existencia de la mujer al lado del hombre («una ayuda adecuada», Gn 2, 18) en la unidad de los dos, ofrece en el mundo visible de las criaturas unas condiciones particulares a fin de que «el amor de Dios se ha derramado en los corazones» de los seres creados a su imagen.

Si el autor de la carta a los Efesios llama a Cristo esposo y a la Iglesia esposa, confirma indirectamente, a través de tal analogía, la verdad sobre la mujer como esposa.


El esposo es aquel que ama. La esposa es amada: es ella la que recibe el amor, para poder amar a su vez

Cuando dijimos que la mujer es la que recibe el amor para poder amar a su vez, no entendemos solamente o antes que nada la específica relación esponsal del matrimonio.

Entendemos algo más universal, fundido en el hecho mismo de ser mujer en el conjunto de las relaciones interpersonales, que, de las formas más variadas, estructuran la convivencia y la colaboración entre las personas, hombres y mujeres. En este contexto, amplío y diversificado, la mujer representa un valor particular como persona humana y, al mismo tiempo, como esa persona concreta, por el hecho de su feminidad. Esto concierne a todas las mujeres y a cada una de ellas, independientemente del contexto cultural en la que cada una se encuentra y de sus características espirituales, psíquicas y corporales, como la edad, la instrucción, la salud, el trabajo, el ser casada o soltera.

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Notas

[19] Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado. Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó «al comienzo» CEC, 1608.

[20] La palabra hebrea para el matrimonio es «qiddushin», es decir, santificación.

«Sobre todo el estudio del Rito caldeo, pero en general la estructura de los rituales orientales y occidentales nos ayuda a comprender que en la base de los rituales cristianos se coloca el antiguo ritual hebraico en toda su estructura y en sus contenidos, releídos a la luz de Cristo: bendición para el noviazgo, las nupcias, la bendición del tálamo nupcial; esta última bendición duró hasta el siglo XIII en la Iglesia Occidental».

«Acérquese el Presbítero y bendiga el tálamo diciendo: bendice, oh Señor, este tálamo y a cuantos habitan en ello para que puedan quedar en tu paz, estén firmes en tu voluntad, vivan, envejezcan y se multipliquen durante sus días. Después bendice a los esposos diciendo: que Dios bendiga vuestros cuerpos y vuestras almas y derrame sobre vosotros su bendición como bendijo a Abraham, a Isaac y a Jacob. La mano del Señor esté sobre vosotros, envíe su Ángel Santo, que os custodie todos los días de vuestra vida. Amén» (Documentos de la antigua liturgia occidental para el rito del matrimonio, en Lamberto Crociati, o. c., p. 232-242).

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