Catequesis sobre la familia: La corrección, elemento esencial en la educación (II)

Catequesis sobre la familia: Introducción e índice general

Para que la corrección sea eficaz es necesario que el padre y la madre estén unidos.

Para que la corrección sea eficaz, es muy importante que los hijos vean al padre y a la madre unidos. Si frente al padre que corrige, el hijo entrevé una posibilidad de refugio en la madre, porque percibe que ésta no comparte la severidad del marido, la función de la corrección pierde su fuerza.

En esto la madre tiene una función importante. El hecho de que por la maternidad se crea un vínculo afectivo particular con cada hijo, no debe llevar a la madre a separar su corazón del marido, del cual ella es siempre la esposa, para pegarse a los hijos.

Si el hijo halla una alianza en la madre contra el padre que corrige, quedará marcado en su crecimiento. Mimado por la madre, tendrá dificultades para superar el infantilismo y convertirse en adulto. No se hallará preparado para enfrentarse a las dificultades de la vida, al sufrimiento, a dejar su casa para seguir su propia vocación. Por una parte quisiera librarse de la unión con la madre, pero por otro lado se siente incapaz.

La función del padre, también a través de la corrección, será la de ayudar al hijo a romper el lazo umbilical con la madre, a dirigirse hacia fuera, hacia el padre, hacia los hermanos, a crecer y llegar a ser adulto. Para esta ayuda en el crecimiento que permita superar el infantilismo, es importante la presencia de hermanos y hermanas.


En la educación de los hijos no hay reglas ni fórmulas mágicas, sino una asistencia particular del Espíritu Santo

En la educación de los hijos no hay reglas ni fórmulas mágicas. La educación es una verdadera misión de los padres y en esto los padres están llamados a ser conscientes de una particular asistencia del Espíritu Santo que les irá inspirando las posturas que hay que adoptar con cada hijo o hija, según su edad.

Cito ahora tres textos que puedan ayudar a los padres.


San Juan Bosco: para educar, imitar a Jesús y dejarse guiar por el amor

En la corrección es importante que los hijos vean el amor de los padres hacia ellos. San Juan Bosco, que obtuvo de Dios un don particular para la educación de los muchachos y de los jóvenes, confiesa:

¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad!

Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.

Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos. Caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos no para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener la incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Este era el modo de obrar de Jesús con los Apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o por lo menos dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.

Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.

En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que estas ofenden a los que las escuchan sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

De las Cartas de San Juan Bosco, epistolario, Turín 1959, 4, 201-203


Papa Juan Pablo II: educar significa orientar al discípulo en el conocimiento de la verdad

El Papa, en un discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica precisa cual es el contenido de la educación: reconocer la verdad sobre sí mismo.

Solo quien ama educa, porque solo quien ama sabe decir la verdad que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor».

Esta expresión de Jesús, que nos entrega el Evangelio según San Juan, representa un punto de referencia decisivo para trazar algunas perspectivas del misterio de la educación. En el versículo que acabamos de recordar, Jesús pone en relación dos componentes —libertad y verdad— que, a menudo, el hombre no ha conseguido coordinar bien. Podemos observar, en efecto, que mientras en el pasado prevaleció a veces una forma de verdad alejada de la libertad, hoy se asiste con frecuencia a un ejercicio de la libertad alejada de la verdad.

Sin embargo, una persona es libre, afirma Jesús, solamente cuando reconoce la verdad sobre sí misma. Esto conlleva, naturalmente, un lento, paciente, amoroso camino a través del cual es posible descubrir progresivamente su propio verdadero ser, su auténtico rostro.

Y es a lo largo de este camino que se inserta la figura del educador como aquel que, ayudando con rasgos paternos y maternos a reconocer la verdad sobre sí mismos, colabora a la consecución de la libertad, «signo eminentísimo de la imagen divina» (GS, 17).

La tarea del educador, según esta perspectiva es por un lado testimoniar que la verdad sobre sí mismo no se reduce a una proyección de ideas e imágenes propias y, por otro lado, orientas al discípulo hacia el descubrimiento estupendo y siempre sorprendente de la verdad que lo precede y sobre la cual no tiene ningún dominio.

Mas la verdad sobre nosotros está estrechamente vinculada al amor hacia nosotros. Solamente quien ama posee y conserva el misterio de nuestra verdadera imagen, también cuando eso se nos escapa de las manos.

Solo quien ama educa, porque solo quien ama sabe decir la verdad que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor».

He aquí lo nuclear, el centro candente de toda actividad educativa; colaborar al descubrimiento de la verdadera imagen que el amurar de Dios ha impreso indeleblemente en cada persona y que se conserva en el misterio de su mismo amor. Educar significa reconocer en cada persona y pronunciar sobre cada persona la verdad que es Jesús, para que cada persona pueda llegar a ser libre. Libre de las esclavitudes que le han sido impuestas, libre de la esclavitud, todavía más estrecha y tremenda, que ella misma se impone.

El misterio de la educación resulta ser así estrechamente vinculado al misterio de la vocación, es decir, al misterio de este «nombre» con el que el Padre nos llamó y predestinó en Cristo antes de la fundación del mundo.

Beato Juan Pablo II

Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica

Martes 14 de noviembre de 1995


San Ambrosio: más que vuestros consejos les ayudará la estima que nutren hacia vosotros y vosotros hacia ellos

La educación de los hijos es una tarea para adultos dispuestos a una dedicación que te lleve a olvidarte de ti mismo: son capaces de esto el marido y la mujer que se aman a tal punto que no necesitan mendigar en otros lares el afecto necesario.

El bien de vuestros hijos será lo que ellos elegirán: no soñéis para ellos con vuestros deseos.

Bastará con que sepan amar el bien y guardarse del mal y que consideren algo horroroso la mentira.

No pretendáis, pues, dibujar su futuro: estad satisfechos más bien de que vayan al encuentro del mañana con empuje, también cuando os parezca que se olvidan de vosotros.

No animéis ingenuas fantasías de grandeza, y si Dios los llama a algo hermoso y grande no seáis vosotros el lastre que les impide volar.

No os arroguéis el derecho de tomar decisiones en su lugar, más bien ayudarles a entender qué decisión tomar y a que no se asusten si lo que aman requiere esfuerzo y alguna vez hace sufrir: más insoportable es una vida vivida para nada.

Más que vuestros consejos les ayudará la estima que nutren hacia vosotros y vosotros hacia ellos; más que por mil recomendaciones sofocantes, serán ayudados por los gestos que vieron en casa: los afectos sencillos, certeros y expresados con pudor.

Y todos esos discursos sobre la caridad no me enseñarán más que el gesto de mi madre que abría la puerta de la casa a un vagabundo hambriento, y no encuentro un gesto mejor, por no decir el orgullo de ser hombre, que cuando mi padre se adelantó a tomar la defensa de un hombre acusado injustamente.

Que vuestros hijos habiten en vuestra casa con aquel sano hallarse bien que te hace sentir a gusto y que te anima también a salir de casa, porque te insufla dentro la confianza en Dios y el gusto de vivir bien [28].

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Notas

[28] C. M. Martini, Sette diaIoghi con Ambrogio, Vescovo di Milan, Centro Ambrosiano, 1996.

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