Santa Magdalena de Nagasaki

Santa Magdalena de NagasakiEn octubre de 1987, el Papa Juan Pablo II canonizaba a un grupo de mártires japoneses, entre los que destacaba Magdalena de Nagasaki. Y todos se preguntaban:

— ¿Quién es esta nueva Santa, a la que nunca hemos oído nombrar?

Pronto salieron las relaciones sobre la vida de esta muchacha de veintitrés años, terciaria agustina, que arrebataba la admiración de todos.

A los sesenta años de evangelización, iniciada por Francisco Javier, llegaban al medio millón los católicos japoneses. Pero aquella cristiandad pujante se iba a ver sometida a la persecución, y la sangre de los mártires japoneses corrió con una abundancia tal, como tal vez no se dio, proporcionalmente, ni en el Imperio Romano durante los primeros siglos de la Iglesia.

En Nagasaki, centro del catolicismo japonés, se hace famosa la colina de los mártires. Las ejecuciones en masa se realizan todas públicamente, porque todos pueden y deben darse cuenta de los tormentos atroces que se aplican a los que no quieren renunciar a la fe católica.

Los torturas normales son la crucifixión, la muerte a fuego lento, pero precedida la muerte por suplicios terribles: como el meter a las víctimas en aguas sulfurosas, que pudren las carnes; el clavarles en las uñas agujas de metal o astillas de caña de bambú; y otros que la lengua no se atreve a relatar...

¿Cómo eran las ejecuciones?... Fue famosa la de 067 cristianos en el año 1622. Sacados de las jaulas que les hacen de prisión y llevados a la colina de los mártires, a 25 de ellos —17 de los cuales eran sacerdotes— se les ata a los postes para quemarlos vivos a fuego lento. La multitud de espectadores pasa de 30.000 ó de 40.000, que con cantos y salmos los anima a morir valientemente. Todo un triunfo.

Así mueren un día los padres y hermanos de nuestra Magdalena.

Huérfana y sola en el mundo, los Misioneros Agustinos se hacen cargo de la muchachita.

Y ella se convierte en la mejor catequista.

Es la más piadosa, entregada siempre a la oración.

Y es también tan valiente que visita continuamente a los presos por la fe.

En sus visitas a los presos, es la que anima a los débiles; la que fortalece a todos; la que los acompaña al martirio; la que, cuando ya no queda ningún sacerdote, suple todas las funciones y ministerios de que es capaz...

Hasta que un día mueren mártires también los Padres Agustinos en el nuevo suplicio que han inventado los verdugos: la horca y hoya. ¿En qué consistía este suplicio tan atroz?

Atados los brazos y piernas como una momia, la víctima era colgada cabeza abajo sobre un hoyo lleno de inmundicia, y en la hoya se metía nada más que la cabeza y el pecho. La respiración era insoportable.

Para no morir rápidamente congestionados, se les hacía una pequeña incisión en las sienes, y de este modo el suplicio se alargaba por varios días.

Magdalena, a sus veintitrés años, es una chica elegante, de familia noble, cariñosa, querida de todos, porque se ha dado del todo a todos los cristianos desde muy jovencita, cuando vio morir mártires a sus padres y hermanos.

Las autoridades la conocen bien. Pero la respetan y no se atreven con ella. Aunque Magdalena se presenta por sí misma ante el tribunal, y los jueces le proponen:

— Eres de familia noble. Joven y bella, te ofrecemos todos los bienes confiscados, y, además, te vas a casar con uno de los principales señores, que te pretende.

Magdalena, tan joven y tan llena de vida, puede sentir todo el halago de la tentación. Sonríe, y contesta:

— Gracias, pero ya estoy casada. Soy esposa de mi Señor Jesucristo. Y sepan que jamás apostataré de la fe católica.

El tribunal la tiene que condenar a muerte. Le aplican todos tormentos que ya conocemos. Prisionera en la jaula, es visitada por los cristianos, a los que repite los eslogans que se habían hecho famosos:

— El martirio es una gloria. Mientras eres torturado, recuerda la pasión de Jesús, mira a la Virgen María, y piensa cómo los Angeles y Santos contemplan desde el Cielo tu combate.

Al no renegar de la fe, Magdalena es destinada al suplicio de la horca y hoya. Va al frente de otros diez compañeros de prisión, y todos la llaman La Capitana. Alegre, feliz, lleva colgado en la espalda el cartel de la sentencia:

— Condenada a muerte por no querer renegar de la ley de Cristo.

Lo que nadie se explica es cómo esa muchacha delicada pudo aguantar colgada en la horca y hoya trece días y medio. Tiene humor para preguntar a los verdugos:

— ¿Queréis oírme un cantar?

Y, sin más, la simpática muchacha estalla en alabanzas a Dios....

Ya hacia el fin de los trece días de tortura, exclama: ¡Tengo sed! Como Jesús. Los verdugos se compadecen y le ofrecen un vaso de agua.

— ¡Oh, no! No tengo sed de esa agua, sino de la que me va a dar Cristo Nuestro Señor.

Muere Magdalena. Y para evitar que los cristianos la veneren, queman el cadáver y hacen desaparecer las cenizas.

Para nosotros, es una lástima no tener sus reliquias, pues la Iglesia japonesa acudiría ante sus restos como ante un altar.

Sus cenizas volaron con el viento. Pero, ¡cuidado que esta japonesita católica sabe robar bien los corazones!...

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