Si hay oración, la educación camina…

Padre Gonzalo Carbó en un grupo de oraciónEntrevista con el padre escolapio Gonzalo Carbó Bolta. Nació en Real de Gandía cerca de Valencia en España el 8 de julio de 1940. Tiene dos hermanos. Estudió con las carmelitas de Gandía hasta los 8 años y después pasó a los escolapios.

“Vengo de una familia sencilla” −cuenta Gonzalo− “una familia cristiana: mi padre trabajaba en una zapatería y mi madre, además de trabajar en la casa, era bordadora artística...”. Gonzalo parece casi perderse en el recuerdo de su infancia y, luego de un instante de silencio cargado de contenido, agrega: “mis padres eran amantes de la educación y poseían una gran espiritualidad”.

En 1951 entró en el postulantado escolapio. “A la semana ya había perdido varios kilos porque rechazaba la comida. Mis padres me dijeron ‘vente a casa’. Pero yo, con claridad impropia de niño, les dije: ‘no, me quedo’.” Fue ordenado sacerdote el 22 de febrero de 1964, en pleno Concilio Vaticano II, según el cual quería y suplicaba recibir y vivir el presbiterado.

Actualmente, el padre Gonzalo vive en Valencia en la casa de formación y dedica todo su tiempo al trabajo con niños. Desde hace 16 años comparte, vive, trabaja y ayuda en la vida espiritual de los niños pequeños, una experiencia que ha crecido con el tiempo y que cautiva a quienes se acercan a ella.

Además, le gusta mucho la música y el arte. Evangeliza desde hace 30 años las comunidades parroquiales que viven la renovación bautismal y eclesial según el Camino Neocatecumenal.

Al preguntarle cuál es la experiencia que como escolapio le ha tocado el corazón, a Gonzalo se le ilumina el rostro y responde: “La relación con los niños, algo que siempre había deseado en la Orden, un deseo profundo que ahora gracias a Dios me ocupa prácticamente todo el tiempo ministerial”.

¿Qué te gustaría ser cuando llegues a mayor?

Cuando tenía 11 años me propusieron ser escolapio. En esa época se usaba hacerlo de este modo. Claro que antes, cuando tenía 9, ya me habían preguntado qué me gustaría ser de mayor. Mi respuesta fue que sacerdote, maestro o médico. Un padre, el entonces provincial Jesús Gómez, me dijo: “Entonces te haces escolapio.

Así eres maestro, sacerdote y médico de las almas”.

Fue así como anuncié a mi familia que quería ser escolapio. Mi madre dijo “habla con tu padre”. Él estaba trabajando, y cuando le dije a él que quería ser escolapio, me respondió que no. Pero hablaron con un sacerdote, el P. Antonio Fuster, y al volver me dijeron “puedes marcharte cuando quieras”.

¿Te consideras un sacerdote del Vaticano II?

Mi generación vivió mucho el Concilio. Siento que el Señor me ha ido abriendo en tantas cosas, me ha ido formando poco a poco al hoy eclesial y dejándome siempre abierto a lo nuevo y siempre con esperanza. He sentido mías las palabras de Agustín: “Attende ubi albescit veritas”. No lo he buscado yo, me lo ha puesto Él.

¿Cómo surge la experiencia de la oración con niños?

Por pura Providencia. Cuando dejé de ser provincial solicité hacer algo con niños.

Tenía la experiencia de la oración continua de Calasanz. Él junto a otros santos dicen que los niños son capaces de oración y de contemplación, y que todo lo pueden con el corazón de Dios. Así me vi metido orando con los niños. Ellos están especialmente preparados para esto y desde el primer día quedé cautivado por la experiencia. Ya van 16 años del que llamamos “Oratorio de Niños Pequeños”.

¿Qué hacen?

Acercar los niños a Jesús para que, encontrándose ambos, puedan establecer un diálogo de amor entre ellos. Jesús habla a los niños y ellos creen y aman, y pueden pasar a sus vidas lo que viven en la oración. Además, se hacen misioneros de la experiencia para llevarla y comunicarla a sus padres. Seguimos una estructura.

Comenzamos por orar en intimidad o “en secreto”. Luego se ora con la Palabra: la escuchan, aprenden, la aplican a su vida o la cantan. Y después se hacen hace oración en común, con súplicas o dando gracias en voz alta. Son niños que tienen entre 5 y 12 años.

Dices que acercan los niños a Jesús... Imagino que los niños te acercarán a Jesús también a ti, ¿no?

Sin duda. Ellos tienen una percepción muy nueva, certera, original y alegre del Evangelio. Juan Pablo II hablaba del “evangelio de los niños”: ellos nos lo entrega y nos llevan a Jesús. Fundamentalmente presentamos al Jesús de la resurrección, el encuentro el encuentro es con Jesús resucitado. Los teólogos discuten eternamente, pero los niños entienden perfectamente que Jesús con un cuerpo nuevo o un cuerpo espiritual está en la Palabra, en la Eucaristía, en un gesto, en un pequeño, en cualquier necesitado... Presentamos a un “Cristo sensible”, que entra por los sentidos, que se puede escuchar, ver, tocar, “gustar”, besar, ayudar, abrazar… Cuéntanos alguna anécdota Una vez, presentando la pasión de Cristo a niños de 5 años, al final de explicarla hacemos la misma pregunta que hacía Calasanz a los niños: “Si Jesús así nos ha amado ¿qué podríamos hacer nosotros por Jesús que está en cruz?”. Normalmente la respuesta que damos sería: “no pecar, querer a Jesús…”, pensando más en nosotros que en Jesús, ¿no? Pues una vez un grupo de niños dijo : “¿No tienes una sierra y así cortamos los clavos y bajamos a Jesús de la cruz?”. “¿Y dónde lo vais a colocar?”, le pregunté. “¡En nuestro corazón!”, contestaron ellos.

¿Se ayuda a los niños a entender que hay otras situaciones sociales como la pobreza o la inmigración?

Sí, claro. Además, ellos son muy sensibles a estas situaciones. Intentamos ayudarles a ser solidarios con estas realidades, desde sus posibilidades concretas como niños. Por ejemplo, después de recibir los regalos de Reyes, cada niño piensa en el mejor regalo para entregarlo a Jesús, y por Él a los necesitados. Se abre un combate dentro de sus corazones y con sus padres, pero el Señor acaba venciendo para el Amor. Estos regalos los ofrecemos a otros niños pobres, familias pobres, niños con cáncer o SIDA, gitanos, o los enviamos hacia otros países.

¿Cómo se integra la oración en la realidad cotidiana?

Si Jesús está presente en un pobre, la oración es ver lo que ese pobre necesita. Y la respuesta es darle lo que yo tengo. Si está en un niño, es acogerle con amor y respeto. Va apareciendo una oración que enseña a vivir la vida con amor de evangelio, que supone una donación de lo que uno es, sabe y tiene.

Nombraste la oración continua, ¿cuál era el significado para Calasanz?

Cuando Calasanz inicia su obra, debido a su propia experiencia y a la devoción creciente en Roma al Santísimo Sacramento, empieza a llevar los niños al oratorio. Entonces, durante el horario escolar, siempre había un grupito rezando y preparándose para los sacramentos. Calasanz pone esta experiencia −“piadosa costumbre de enseñar a orar”− como el corazón de su educación, ya desde el inicio de sus escuelas. Si hay oración, la educación camina… Entendemos que lo pusiera como corazón de la educación porque la relación con Jesús en la vida ordinaria permite superar los límites que una educación puramente humana nunca podría superar.

Yendo a lo personal, ¿qué te ha cambiado a ti esta experiencia con niños?

Es como vivir la parte buena, la parte de María en el Evangelio sentada a los pies de Jesús. Toda mi vida ministerial queda iluminada y conducida por esta experiencia de oración con los niños. Me ha ayudado a amar la entraña escolapia que es la oración. Al mismo tiempo me ha hecho ver el germen de una pedagogía nueva, porque las actitudes que aparecen en las oraciones de los niños tienen una capacidad transformadora: al llevar esas actitudes al aula, hacen que la misma experiencia pedagógica también cambie.

Cuando ves a un niño pequeño, ¿qué piensas al recordar que a los 10 años decidiste ser escolapio?

Veo que muchos niños que, a esa edad o incluso antes, desean lo mismo y lo dicen claramente y con naturalidad. Es que creo que Dios llama cuando quiere. El tema es cómo hacer el proceso junto a la familia, cómo cultivar el germen que tienen.

No se puede dejar de lado el cultivo y el proceso. Calasanz decía que nuestro carisma es trabajar “desde”: desde la infancia y hasta que acaban el proceso. No se concibe una ruptura de esta continuidad o abandonar el cultivo de los indicios que hay en el niño…

¿Por qué se da la ruptura de ese proceso de fe y de inicio vocacional?

El ambiente es muy diferente ahora: muchas familias no son creyentes, los programas educativos no siempre están al servicio de los niños sino en obediencia a las leyes. Necesitamos también educadores que crean y se comprometan en su vocación cristiana… Hay que dar más confianza y credibilidad al “a teneris annis” del pedagogo y santo Calasanz…

¿Hay una crisis de vocaciones?

Sigue habiendo vocaciones. Dios sigue llamando, enriqueciendo con carismas y ministerios a su Pueblo. Es cierto que hay algunos carismas con más vocaciones que otros. Hay formas nuevas, movimientos que están llenos de espíritu misionero y vocacional, caminos de renovación que apuntan a la radicalidad primera. Nos tendremos que preguntar por qué Dios no nos bendice con las que −creemos− necesarias vocaciones. Me lo pregunto en mi Provincia, tras bastantes años de significativa bendición vocacional…

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Fuente: Curia General de los Padres Escolapios



 

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